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domingo, 26 de octubre de 2008

El niño con el pijama Disney

Voy a escribir una versión actualizada del El niño con el pijama a rayas. Se llamará El niño con el pijama Disney. La trama será más o menos la misma, pero con algunas diferencias sustanciales, adaptadas a nuestro tiempo:
Los que mandarán en el mundo del niño con el pijama de Disney no serán los estados, sino las empresas. El niño será un sobrino de Michael Eisner; hijo del hermano chico del tiburón que se come a los niños. En lugar de cambiar de lugar de residencia, contratarán un viaje de algún TTOO roñoso y barato, lo que permitirá a la familia pasar 15 días en régimen todo incluido en un funcional y familiar hotel de Haití. El niño se aburrirá mucho en Haití, porque el TTOO les ha engañado, es temporada baja y ya no hay niños: sólo su hermana mayor, que es tonta de remate, todo el día obnubilada con las barbies malibú y ligando con el animador del hotel.
A consecuencia del aburrimiento extremo, el niño se hará amigo del jardinero (y técnico y piscinero y pintor y manitas en general y un largo etc). Le contará que, antes, era profesor de literatura. Como creerá que le está mintiendo, un día le seguirá y dará con una fábrica clandestina de pijamas Disney plagada de niños con los que puede jugar. Entonces conocerá a Shanti, un niño que en lugar de dormir las 4 horas que le permite el guarda de la empresa se dedicará a soñar despierto, porque si se duerme tiene pesadillas con un miquimaus asesino. Y entablará una amistad con él. En un juego decidirán intercambiarse la vida, Shanti se pondrá el pijama Disney y se irá al hotel; y el niño del pijama se quedará en la fábrica, para jugar con los niños-esclavos. Los padres, tras una juerga en la que abundó el garrafón, no se darán cuenta de que ése no es su hijo, a consecuencia de la resaca brutal. Lo harán al día siguiente, y como no lo encuentran, comenzará un circo mediático y saldrán en todos los informativos nacionales durante meses. Buscarán a 'Andrelaine', mote que le ponen los media.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


Pero la historia continúa...

Como el libro será un éxito, contrataré a Michael Moore, que me ayudará mucho para hacer la peli-documental, que se estrenará en V.O. subtitulada en varios idiomas y se proyectará en los cineclub de cualquier parte del mundo. Será como una especie de Scary Movie reivindicativa y creará un movimiento anti marcas y anti fábricas clandestinas.

Pero como si no puedes contra ellos únete a ellos, sucumbiremos a la lógica de mercado del nuevo orden mundial, un capitalismo refundado por las mismas empresas cuyo paradigma quedará recogido en el Libro Verde de las Buenas Prácticas Neocapitalistas. Time Warner nos lanzará una oferta para sacar la segunda parte, en una superproducción que te rilas. Nos mostrará un plan de beneficio bruto de explotación antes de impuestos, ya que el centro financiero estará en Suiza o en Andorra. Nos pondrá los ojos como tomates de Almería. Hablaremos con nuestra productora independiente para rescindir el contrato. Nos llamará tránsfugas chaqueteros capitalistas opresores, a la vez que promete hacernos una campaña de desprestigio.

Como no, Disney nos lanzará la contraoferta y nos asegurará que si aceptamos, nuestras entrevistas y cómo se hizos sadrán en la Fox en lugar de en La2 y el actor principal será el niño de El Sexto Sentido digitalizado, en una campaña de lavado de imagen tras pillarlo conduciendo borracho y fumado. Además, asegurarán que nuestros estudios saldrán en el Google Earth, como los Premios Príncipe de Asturias. Como uno de los artífices será asturiano, el golpe bajo nos acabará de convencer y comenzaremos a trabajar con Pixar en la segunda parte de la peli, esta vez sin libro, en la que Shanti, hijo adoptivo de Robert Iger y director general de Disney Viajes, salva al niño con pijama Disney, que ya le queda pequeño porque tiene 40 años, en una sutilísima metáfora de la insostenibilidad del sistema económico anterior, al que relaciona con Eisner.

Y aquí no ha pasado nada

jueves, 23 de octubre de 2008

Todos tenemos un punto de locura

A veces pienso que soy una psiquiatra frustrada. Una niña temerosa de esos 10 años de estudio que se me plantaban por delante, ante los 3 de otras diplomaturas, por ejemplo. Me encanta descubrir biografías de personajes enigmáticos e interesantes, a poder ser de locos e iluminados; o de otras personas extremadamente bondadosas que rechazaron su falso ego y apegos por aportar su granito de arena. Pero más allá de estos ilustres iconos de lo bueno y lo malo, me gusta analizar la conducta de la gente que me rodea e intentar trazar una conexión entre las experiencias aprehendidas y su comportamiento, que se manifiesta ante mí con toda generosidad. Es como tener delante el testimonio de millones de pensamientos, percepciones, interpretaciones y sueños, integrados en un alguien que interactúa conmigo.
Pero lo que más me gusta hacer es imaginarlos años ha. Con la mochila del cole y montados en una bici, intentando alcanzar a un Seiscientos. En un aula gris con la fotografía de Franco encima de la pizarra, repitiendo las capitales del mundo al son de los reglazos del cura. En su primera fiesta de cumpleaños. Bajando la cabeza en una regañina paterna. Su primer beso. Huyendo de una paliza. Envidiando a una amiga. Intento escudriñar en qué momento comenzaron a comportarse de un modo u otro. Qué los hizo buenos o malos; egoístas o generosos, educados o soplapollas. Quién intervino. Dónde estaban. En qué contexto. Si fue algo de un día para otro o se fue gestando poco a poco a través de la repetición de sucesos, que dieron lugar a un comportamiento, que con el tiempo se hizo inconsciente.
Si aprendió por los palos o fue como encontrarse un billete de 100 euros en plena calle, brillando para lo vieran. Y si ha podido intervenir la genética. Pero eso lo dejo para cuando se me agota la imaginación. 'Será genético', pienso. Aunque sonrío y me guiño un ojo, animándome a seguir investigando cuando la musa vuelva a visitarme.

Una amiga me dijo que uno de los psiquiatras que analizó al Monstruo de Amsteten -al loro con la influencia de los medios- sostuvo que hay personas que son malas por naturaleza. Yo no me lo creo. Algo les pasó en su vida para convertirse en seres despreciables y caníbales. Otra cosa es querer hacernos cargo.

lunes, 20 de octubre de 2008

Desahogo antes de acostarme

Acabo de leer el libro del El niño con el pijama de rayas y no puedo sentir otra cosa que una tristeza profunda y una enérgica indignación y vergüenza de habitar en el mundo en el que habito. Me duelen las mandíbulas de apretar los dientes, mientras apuraba las últimas páginas del libro, del cual me he leído las tres cuartas partes en un par de horas.
No puedo hacer otra cosa que llorar. Llorar indignada por todo, preguntándome por qué, no sólo de lo que pasó con los nazis, sino el por qué de este mundo en general.
Cuando en mi alrededor me dicen que me tomo las cosas muy a la tremenda, yo sé que lo dicen por mi bien, por mi salud mental, o para que sea una chica más tranquila, o qué sé yo. O para no hacerles entrar en la realidad pura y dura y cavilar sobre lo mal que huele todo a nuestro alrededor. Pero es que si así lo hiciera, si pasara de todo, digo, no entendería la razón de mi existencia. Pienso que hay cosas que hay que tomárselas muy a la tremenda, pero mucho, para acabar con esta plaga de mierda que es la especie humana: egoísta, ignorante, depredadora hasta con los de su propia especie. Por unos litros de crudo, por prestigio de una empresa, por unos milloncejos haciendo favores a constructoras, sin pensar en las listas de espera en las que muere gente, en la vergüenza del sistema educativo, en el hambre que hemos creado nosotros, Primer Mundo, y encima les cerramos las puertas cuando en realidad están escapando de la mierda pestilente y capitalista a la que les hemos sometido.
Lo del III Reich cayó rápido, por su propio peso: un sistema insostenible. Igual que cae el capitalismo exagerado, el imperalismo -no deslocalización empresarial, no: el imperialismo de cuando se repartieron África a boli, es que manda cojones- que volvió trayendo de nuevo la esclavitud en la era de los derechos humanos que todo cristo se pasa por el forro de los huevos.
En estos momentos, en caliente, pienso en desterrarme hacia algún lugar inhóspito donde no tenga ni pizca de contacto con nada que tenga que ver con la realidad tal y como me han obligado a concebirla.
Y aquí estamos. Humanos con insatisfacción crónica, capaces de pillar una depresión porque no nos gusta el corte de pelo, vaya timo, vaya IV Reich del buen rollito y pasar de todo, de consume y calla, gilipollas. Un IV Reich donde en vez de ser terceros los que nos castigan y hieren, somos nosotros mismos nuestro peor enemigo.
El colmo de la estupidez humana.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Olores

Me encanta el olor a limpio. El olor de una prenda, limpia. Desde cuando la cojo del armario y me sumerjo en su olor, y mi cara acaricia esa textura, limpia, suave. Cuando la deslizo desde mi cabeza hacia mi cuerpo, y mis sentidos se hunden en la suavidad y delicadeza que sólo ofrecen las cosas limpias. Olor a primavera.
Me encanta. Me gusta el olor a limpio de las calles tras una intensa lluvia; el olor que percibo al observar dos ojos, cuya mirada limpia me recuerda a aromas de azahar y mandarina. Cuando me meto dentro de una cama y las sábanas huelen a limpio, casi frías.
Olor a limpio no es olor a nuevo. Si algo es nuevo es que no se ha usado, que no ha vivido más historias, que no tiene nada que contar. Las cosas limpias son más interesantes.
Me encanta el olor que recuerdo al florecer una emoción nunca antes percibida, producto de otras muchas más. Decimos nueva, pero no es así. Ni nuevos somos cuando nacemos, ni siquiera nuestro código genético lo es: es heredado, limpio, el producto de la conjunción del amor, el milagro del inconsciente, que tras la sombra de los sentidos, se manifiesta escondido, casi siempre en la oscuridad. O a través de miradas limpias.
Me encanta la sensación de descubrir que dentro de mí todavía surgen emociones que me recuerdan a calles mojadas, mientras un sol radiante da los buenos días. Y esa prenda que ahora, limpia, me acompaña en el día de hoy, se impregnará de olores, vibraciones y texturas. Limpias, construidas, casi nuevas, casi. Dentro de poco la limpiaré, y dará lugar a un nuevo olor a limpio.
Y me contará más cositas.

lunes, 25 de agosto de 2008

La Vendimia

Aventuras y desventuras de una miniperiodista, menorquina, en sus estancias por ahí. Decidí titular así esta minibitácora, porque en mis previsiones a medio, incluso a largo plazo, intuía una vida muy movida, de ciudad en ciudad, de empresa en empresa, intentando encontrar un trabajo medio bien pagado. Incluso mal pagado, y moviéndome para encontrar un segundo empleo que me permitiera vivir, pues así ha sido mi modus operandi hasta ahora.
Pero es una verdad objetiva que esto de la vida es una noria. Empieza un ciclo, termina, y vuelve a empezar. Cuando menos te lo esperas, la suerte toca a tu puerta, o la fuerza invertida años atrás, o llámale "x". Te sobresaltas al oír el timbre, observas por la mirilla, desconcertada, preguntándote quién es y qué moto quiere venderte. Abres poco a poco y te encuentras con una cesta llena de frutos, que plantaste tiempo ha. Y cuando vas a pagarle, te dice que ya está todo pagado.
Quizás, en el momento de la siembra, uno no se da cuenta de lo gratificante que puede llegar a ser la vendimia. Tomo como referencia una reflexión que me regaló un bodeguero al que entrevisté hará cosa de una semana. Me dijo que en el momento de la siembra, lo más importante es tener muy claro qué producto final quieres obtener.
Y así es. Si algo he aprendido en Sevilla, al margen de convertirme en una miniperiodista, es a tener confiaza y paciencia. Porque desde el primer momento, tuve muy claro lo que quería obtener. Que los momentos malos son sólo momentos, sin más, un preámbulo sin el cual no se puede continuar.
Esto de la suerte, al final, será un eufemismo.

Un saludo.

domingo, 27 de julio de 2008

Disculpas

Pido perdón a todos por tardar tanto en colgar posts. Tengo mucho trabajo. En concreto, un mínimo de doce horitas al día, que se dice pronto. También tengo poco tiempo y la creatividad atrofiada, por no leer ni tener tiempo para ocio, para observar, para pensar.

Supongo que en septiembre la cosa estará más tranquila y podré retomar mis aficiones.

Y a ver si se me pasa esta manía de trabajar tanto. En realidad es un precio a pagar por la independencia: tienes poco tiempo para conseguir mucho dinero que, más adelante, me permitirá encontrar un trabajo de lo que he estudiado. Algo tan básico como eso, toda una odisea.
Y últimamente tengo hasta pesadillas sobre las cosas que me preocupan: sobre aprobar esa asignatura, que me suspendieron con un 4,5 y que no me ha permitido licenciarme; sobre encontrar un trabajo tras la temporada de verano y sobre ese visitante feo, peludo e indeseable que hace que entremos al almacén con los pelos de punta cuando toca cargar cámaras...


Pero bueno. Siempre he sido una chica con suerte. Este año, la temporada en la isla está yendo más que mal. Estoy siendo testigo de despidos porque no hay clientes, de ofertas de trabajo que rozan lo absurdo -pero que la gente pilla-, personas que tienen que vender sus propiedades porque la hipoteca les supera...

Tengo la suerte de no tener ese problema: a falta de trabajo, yo tengo dos; no tengo ni hipoteca ni créditos pendientes, y nunca he tenido problemas para encontrar un puesto.

Espero que esta racha siga.

Y los días libres, los aprovecho para hacer cosas como ésta, que te dejan con la lengua fuera. Pero también con la boca abierta...

Besitos!

jueves, 17 de julio de 2008

Evolución

La Teoría de la Evolución de Darwin fue una buena cosa. A través de ella se puede explicar no sólo la evolución física de las especies. Es curioso cómo va evolucionando la sociedad y la forma de relacionarse de unos individuos con otros como consecuencia del desarrollo de la tecnología.

Conocí a mi actual pareja a través de una red social en internet sin ánimo de emparejar a nadie. Fue a través de ella que intercambiamos las primeras palabras, después vinieron los respectivos messengers. Comenzamos a compartir ideas plasmadas en letras y dándole un ligero toque kinésico con los emoticones. Antes de comenzar a utilizar la imagen de una web cam, nos dimos los teléfonos. La primera conversación fue de cerca de tres horas.
Primero fueron las ideas, luego el sonido, pero pronto vino la imagen. Comencé a escribirle por el messenger mientras contemplaba su imagen en el recuadrito de la derecha. Hasta que nos decidimos a usar la videoconferencia, bastante tarde, y descubrimos que teníamos la opción de poner la imagen en pantalla completa. Como si estuviera delante. El efecto es el mismo.

Hoy en día, tenemos decenas de opciones para decirnos cosas. A veces nos mandamos e-mails, otras nos decimos cosas breves a través de esa herramienta social mediante la que nos conocimos. Otras veces me comenta en el blog, y yo en el suyo. A veces nos llamamos, otras nos mandamos sms. Me dedica canciones y yo le mando un buen karma para agradecérselo, a lo que me contesta con una cyberdedicatoria en una de nuestras fotos.

Ah, y se me olvidaba. Hemos estado uno en frente del otro un total de 7 días.

¿Quién lo hubiera dicho hace tan sólo 15 años?

lunes, 14 de julio de 2008

El principio de un día raro

Uno siempre intenta hacer las cosas que le gustan, y éstas se convierten, con el tiempo, en pequeñas rutinas que definen a la persona tal cual es. Por mucho que cambie la vida, esas actitudes persisten y es realmente difícil cambiarlas.
Ayer tuve libre en mis dos trabajos y, a pesar de trabajar de noche en uno de ellos, me quedé frita antes de las dos de la mañana, cuando normalmente lo hago a las seis.
Como es natural, si me acuesto a las seis de la mañana, no me levanto antes de la una del mediodía. Hoy me he despertado a las ocho de la mañana y por más que lo he intentado, no podía volver a quedarme dormida.

Una de las primeras cosas que hago al levantarme es tomarme una taza de café triple y fumarme un cigarro. Es cuando comienzo a distinguir los colores y no me entra otra cosa en el estómago. Pues hoy, en lugar de café, tenía unas irremediables ganas de comerme una ensaïmada de un horno que está a diez minutos de mi casa, no me preguntéis la razón. He vuelto no sólo con una ensaïmada calentita, sinó con dos mini croissants de jamón y queso y me he bebido dos vasos de zumo. Me he hecho el café, pero sólo he bebido dos sorbos y al enceder el cigarro, me ha dado asco.
Es curioso cómo unas rutinas de años se han desmoronado sin saber la razón y hoy no he seguido ninguna. Como si estuviera hechizada. No sé qué más me va a ocurrir hoy, pero el día ya tiene el calificativo de RARO.


Lo que más me incomoda es no tener ni puñetera idea sobre a qué se debe este repentino cambio en mis hábitos. Sogyal Rimpoché decía en El Libro Tibetano de la Vida y la Muerte que "los seres humanos no conocemos la naturaleza de nuestra mente y no tenemos ningún control sobre ella". He aquí la prueba.

viernes, 11 de julio de 2008

Humo


Me siento delante del ordenador. Ejecuto un MP3 delicioso. Fergie. Una voz calentita, melódica, muy Dulce. Mientras, el humo del pitillo se escapa por las ranuras de la persiana, bajada.
Hace sol, pero no lo veo.
Hace calor, pero no lo siento.
Parece que algo se me escapa de las manos. Parece que la impermanencia de las cosas se manifiesta en forma de humo que huye, que se consume.
Parece, también, que el tiempo y la paciencia van a ser mis íntimos aliados.

jueves, 10 de julio de 2008

Magia en los libros

Tengo una costumbre curiosa desde hace tiempo. Se trata de tomar entre tus manos un libro que ya has leído y que en su momento te descubrió una nueva forma de ver las cosas. No es necesario que sea uno de esos libros de autoayuda. Cualquier narración puede enseñarte algo nuevo y encontrarle el punto dulce a una situación que antes parecía espinosa.
Pues bien, se trata de cerrar los ojos y comenzar a hojear el libro sin mirarlo. Cuando tu intuición te diga que pares, te detienes en el capítulo que tengas entre tus deditos y lees el fragmento. Normalmente te encuentras con un consejo oculto entre las letras, y que necesitas en ese momento.
Estaba ayer en la playa de Santandría, una cala guiri total que os desaconsejo visitar -a no ser que os mole que el mar huela a aceite de coco-. Cogí un libro y me detuve en un fragmento en el cual un tipo se lamentaba de haber abandonado su ciudad por ascender profesionalmente. En esa ciudad había dejado a su pareja, que había decidido no acompañarle en su cometido, pero sin romper la relación.
El muchacho se preguntaba, en medio de una borrachera de caipirinhas, para qué sirve un ascenso profesional, si no tiene con quien compartirlo. Para qué tanto trabajo, tantas horas, dinero y tiempo invertidos, si al final se encontraba solo.
Otro de los personajes de la escena era su hermano mayor. Como un pepito grillo que le aguantaba la mona carioca. Le comentaba la posibilidad de encontrar un punto medio, ya que el chico desdoblaba ese conflicto de intereses en dos posiciones contrapuestas: ser un medicucho de barrio pero con amor para compartirlo; o ser una eminencia de una súperclínica quirúrgica, pero solo. El hermano le aconsejaba que se podían tener ambas cosas, pero antes debía conseguir algo mucho más difícil: encontrar el equilibrio, el camino medio, el punto justo de cocción.

sábado, 21 de junio de 2008

Parada en boxes

Se acabó la facultad, se acabó Sevilla, se acabó el ciclo. Y, está claro, comienza otro.
No podría haber empezado mejor.
Soy una privilegiada.
Aquí tenéis un pequeño ejemplo de esta pequeña parada en boxes, antes de comenzar el nuevo ciclo. Ya, como periodista -esperemos-





Os animo a que visitéis mi Isla Bonita.

Besitos.