Acabo de leer el libro del El niño con el pijama de rayas y no puedo sentir otra cosa que una tristeza profunda y una enérgica indignación y vergüenza de habitar en el mundo en el que habito. Me duelen las mandíbulas de apretar los dientes, mientras apuraba las últimas páginas del libro, del cual me he leído las tres cuartas partes en un par de horas.
No puedo hacer otra cosa que llorar. Llorar indignada por todo, preguntándome por qué, no sólo de lo que pasó con los nazis, sino el por qué de este mundo en general.
Cuando en mi alrededor me dicen que me tomo las cosas muy a la tremenda, yo sé que lo dicen por mi bien, por mi salud mental, o para que sea una chica más tranquila, o qué sé yo. O para no hacerles entrar en la realidad pura y dura y cavilar sobre lo mal que huele todo a nuestro alrededor. Pero es que si así lo hiciera, si pasara de todo, digo, no entendería la razón de mi existencia. Pienso que hay cosas que hay que tomárselas muy a la tremenda, pero mucho, para acabar con esta plaga de mierda que es la especie humana: egoísta, ignorante, depredadora hasta con los de su propia especie. Por unos litros de crudo, por prestigio de una empresa, por unos milloncejos haciendo favores a constructoras, sin pensar en las listas de espera en las que muere gente, en la vergüenza del sistema educativo, en el hambre que hemos creado nosotros, Primer Mundo, y encima les cerramos las puertas cuando en realidad están escapando de la mierda pestilente y capitalista a la que les hemos sometido.
Lo del III Reich cayó rápido, por su propio peso: un sistema insostenible. Igual que cae el capitalismo exagerado, el imperalismo -no deslocalización empresarial, no: el imperialismo de cuando se repartieron África a boli, es que manda cojones- que volvió trayendo de nuevo la esclavitud en la era de los derechos humanos que todo cristo se pasa por el forro de los huevos.
En estos momentos, en caliente, pienso en desterrarme hacia algún lugar inhóspito donde no tenga ni pizca de contacto con nada que tenga que ver con la realidad tal y como me han obligado a concebirla.
Y aquí estamos. Humanos con insatisfacción crónica, capaces de pillar una depresión porque no nos gusta el corte de pelo, vaya timo, vaya IV Reich del buen rollito y pasar de todo, de consume y calla, gilipollas. Un IV Reich donde en vez de ser terceros los que nos castigan y hieren, somos nosotros mismos nuestro peor enemigo.
El colmo de la estupidez humana.
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lunes, 20 de octubre de 2008
domingo, 28 de septiembre de 2008
La injusticia se manifiesta con toda su magnificencia.
Estas son las estadísticas de las actas de la convocatoria de septiembre del examen de Historia del Periodismo Español, del que salí indignada. Éste es el resultado de cambiar el modelo de examen sin avisar:
53 alumnos convocados de los cuales:
40 no presentados
13 presentados, de los cuales
9 aprobados
4 suspensos
Eso supone que en esta convocatoria ha habido:
75,5 % no presentados
24,5% presentados, de los cuales
69,2% aprobados
30,7% suspensos
Os garantizo que en el aula no había sólo 13 personas. Lo peor de todo es que no se puede pedir nada, ya que este 'favor' que nos hacen de poder salirnos del examen sin que nos corra convocatoria se ha vuelto en nuestra contra. ¿Cómo demostramos que estábamos allá? Quizás si nos hubiéramos quedado, y ese 75% de alumnos hubiera sacado un cero, el decanato podría haber tomado cartas en el asunto. Ya que, en ese caso, el número de suspensos sería del 83%.
53 alumnos convocados de los cuales:
40 no presentados
13 presentados, de los cuales
9 aprobados
4 suspensos
Eso supone que en esta convocatoria ha habido:
75,5 % no presentados
24,5% presentados, de los cuales
69,2% aprobados
30,7% suspensos
Os garantizo que en el aula no había sólo 13 personas. Lo peor de todo es que no se puede pedir nada, ya que este 'favor' que nos hacen de poder salirnos del examen sin que nos corra convocatoria se ha vuelto en nuestra contra. ¿Cómo demostramos que estábamos allá? Quizás si nos hubiéramos quedado, y ese 75% de alumnos hubiera sacado un cero, el decanato podría haber tomado cartas en el asunto. Ya que, en ese caso, el número de suspensos sería del 83%.
viernes, 5 de septiembre de 2008
Santa Facultad
Vengo calentita.
Nunca me han gustado los aeropuertos. Me parecen espacios dedicados a la cultura del consumo fruto del aburrimiento de los pasajeros entre vuelos. Como me dan rabia, me siento en cualquier banco a dormir o a leer. Como mucho mucho, me paro en la Chocolat Factory del Prat, a cuyos productos tengo adoración.
Pero esta vez he lamentado no tener una libretilla para ir apuntando los pensamientos que me iban sobreviniendo entre vuelo y vuelo, entre espera y espera. Sobre todo en relación a esas personas que nos observan desde las alturas del academicismo. Esos chupópteros de las arcas nacionales, que te hablan con desaire, cuyo ego más se infla cuanto menos hacen. Que se fían más de las teorías de tal y cual autor, de hace casi un siglo, que de la realidad. Que han tenido miedo de comenzar su actividad profesional y no se les ha ocurrido mejor idea que quedarse entre los brazos de la facultad y no salir jamás del huevo universitario, bajo el pretexto de la explotación de los trabajadores en esta bonita profesión de periodista.
En realidad, la posición que estoy adoptando no es original. Los que trabajan en los medios critican hasta la saciedad a la mayoría de los profesores de esta carrera, calificándolos de ridículos, demagogos y vagos; y los profesores hacen lo propio con sus colegas doctores en.
Las posiciones de poder me tocan bastante las narices. Ya nos lo dijo un profesor de la facultad, quien curiosamenten es objeto de críticas en los corrillos de los departamentos. No es posible estudiar los procesos sociales desde las alturas, desvinculado de las actividades, desde la nube académica que lo pinta de color de rosa, y hace que la mayoría de los alumnos se pegue la ostia padre al aterrizar en la dura realidad.
"No te subo el medio punto que te falta para aprobar la última asignatura de la carrera porque no me has hecho las prácticas de clase". Claro, no podía porque estaba haciendo las prácticas en la radio, porque quería ser periodista, y para eso, trabajo en los medios, y no en tu putas prácticas de clase.
"Deberías agradecerme que te haga la revisión por teléfono, cuando tus compañeros están pasando calor para venir aquí". Y el billete de avión para cruzar el país, por medio punto, supongo que también tendrán que pagarlo mis compañeros...
"Tu jefe qué te pide, ¿que seas una profesional, o que tengas nociones de periodismo". Buuuu... eso fue lo que me hizo desistir, porque toda mi mala leche se iba a concentrar en echarle un mal de ojo telefónico a esa estúpida y sin educación doctora en.
Pero lo mejor de todo es que, al acudir a la extraordinaria de septiembre, cambiaron el modelo de examen por sus narices y fastidiaron a la mitad del alumnado. Ya os pasaré la relación de no presentados de esta convocatoria -no es que no hayan ido, es que al ver la semejante falta de respeto por el tiempo y dinero del alumno hicieron como yo: se levantaron y se fueron-.
Por sus narices. Y punto. Qué admiración, qué espíritu didáctico. Sentí una tremenda satisfacción mientras me levantaba, guardaba mis cosas y salía del aula. Volveré a gastarme el dinero y mi precioso tiempo en hacer el examen en diciembre. Por vuestras narices. Supongo que como no chupo de las arcas nacionales, me toca mucho más las narices que a vosotras gastarme el dinero para soportar estas chiquilladas.
A ver si aprendéis, comodonas, a saber lo que es trabajar por conseguir algo. Que no tenéis ni puñetera idea. Y ojo, que como siempre digo que existen profes a los que les tengo una profunda admiración. Que saben lo que es currar. Que saben enseñar. De eso se trata.
Nunca me han gustado los aeropuertos. Me parecen espacios dedicados a la cultura del consumo fruto del aburrimiento de los pasajeros entre vuelos. Como me dan rabia, me siento en cualquier banco a dormir o a leer. Como mucho mucho, me paro en la Chocolat Factory del Prat, a cuyos productos tengo adoración.
Pero esta vez he lamentado no tener una libretilla para ir apuntando los pensamientos que me iban sobreviniendo entre vuelo y vuelo, entre espera y espera. Sobre todo en relación a esas personas que nos observan desde las alturas del academicismo. Esos chupópteros de las arcas nacionales, que te hablan con desaire, cuyo ego más se infla cuanto menos hacen. Que se fían más de las teorías de tal y cual autor, de hace casi un siglo, que de la realidad. Que han tenido miedo de comenzar su actividad profesional y no se les ha ocurrido mejor idea que quedarse entre los brazos de la facultad y no salir jamás del huevo universitario, bajo el pretexto de la explotación de los trabajadores en esta bonita profesión de periodista.
En realidad, la posición que estoy adoptando no es original. Los que trabajan en los medios critican hasta la saciedad a la mayoría de los profesores de esta carrera, calificándolos de ridículos, demagogos y vagos; y los profesores hacen lo propio con sus colegas doctores en.
Las posiciones de poder me tocan bastante las narices. Ya nos lo dijo un profesor de la facultad, quien curiosamenten es objeto de críticas en los corrillos de los departamentos. No es posible estudiar los procesos sociales desde las alturas, desvinculado de las actividades, desde la nube académica que lo pinta de color de rosa, y hace que la mayoría de los alumnos se pegue la ostia padre al aterrizar en la dura realidad.
"No te subo el medio punto que te falta para aprobar la última asignatura de la carrera porque no me has hecho las prácticas de clase". Claro, no podía porque estaba haciendo las prácticas en la radio, porque quería ser periodista, y para eso, trabajo en los medios, y no en tu putas prácticas de clase.
"Deberías agradecerme que te haga la revisión por teléfono, cuando tus compañeros están pasando calor para venir aquí". Y el billete de avión para cruzar el país, por medio punto, supongo que también tendrán que pagarlo mis compañeros...
"Tu jefe qué te pide, ¿que seas una profesional, o que tengas nociones de periodismo". Buuuu... eso fue lo que me hizo desistir, porque toda mi mala leche se iba a concentrar en echarle un mal de ojo telefónico a esa estúpida y sin educación doctora en.
Pero lo mejor de todo es que, al acudir a la extraordinaria de septiembre, cambiaron el modelo de examen por sus narices y fastidiaron a la mitad del alumnado. Ya os pasaré la relación de no presentados de esta convocatoria -no es que no hayan ido, es que al ver la semejante falta de respeto por el tiempo y dinero del alumno hicieron como yo: se levantaron y se fueron-.
Por sus narices. Y punto. Qué admiración, qué espíritu didáctico. Sentí una tremenda satisfacción mientras me levantaba, guardaba mis cosas y salía del aula. Volveré a gastarme el dinero y mi precioso tiempo en hacer el examen en diciembre. Por vuestras narices. Supongo que como no chupo de las arcas nacionales, me toca mucho más las narices que a vosotras gastarme el dinero para soportar estas chiquilladas.
A ver si aprendéis, comodonas, a saber lo que es trabajar por conseguir algo. Que no tenéis ni puñetera idea. Y ojo, que como siempre digo que existen profes a los que les tengo una profunda admiración. Que saben lo que es currar. Que saben enseñar. De eso se trata.
sábado, 14 de junio de 2008
¡Fuera!
Desafortunadamente, siempre he tenido un grado más bien bajo de tolerancia hacia esas personas cutres, salchicheras y tocapelotas que se jactan de ser todo lo contrario.Soy muy sincera cuando digo que me encantaría tener una especie de repelente que las alejara de mi lado, o un spray preventivo que desactivara la capacidad auditiva en cuanto comenzaran a articular la primera palabra dirigida hacia mí.
Hablo de ese tipo de personas extremadamente narcisistas que no tienen ningún problema en valorar al resto de la humanidad en función de su capacidad económica. Un deshecho rancio de la sociedad decimonónica que todavía perdura en algunos sectores de nuestro siglo; y que, lamentablemente configuran su estúpido y falso ego mediante la burda imitación de los estereotipos clasistas y de consumo masivo.
Esos príncipes destronados que se vanaglorian de todo lo que poseen y lo utilizan como argumento de desprecio hacia todos los que no sean de su calaña. Un rasgo que los caracteriza es que no han movido un sólo dedo para conseguir absolutamente nada de lo que tienen.
Y que no están acostumbrados, ni mucho menos, a tener un ápice de respeto por los demás.
viernes, 30 de mayo de 2008
¿Hay vida antes de la muerte? (y II)
"En ese espacio grupal seguro, renunciamos a nuestro ser transparente, único y vulnerable, rechazamos enfrentarnos a las emociones que producen miedo y ansiedad. Disimulamos y evitamos hablar del dolor que alberga el mundo, aunque los expertos alertan del incremento espectacular de los trastornos mentales, con su séquito de sufrimiento, suicidios, maltratos y abusos, incluso entre los más jóvenes. ¿Por qué no somos capaces de ayudar a nuestros hijos a encontrar su lugar en el mundo? ¿No es suficiente distraerles con el consumismo masivo y adictivo de placeres? Alimentamos con esfuerzo y rigor su cociente intelectual. Pero apenas educamos en el conocimiento de uno mismo, en la capacidad de desaprender aquello que nos lastra en la expresión pacífica de la ira, en la capacidad de sentir y de escuchar al otro, de convivir. La creatividad y la inteligencia emocional se han convertido en nuestra sociedad en un don para unos pocos, en vez de una actitud vital para todos.
La conjunción de lo biológico con la revolución tecnológica augura un potencial insospechado al conocimiento. Reclamar el derecho a expresar de forma integral nuestro asombroso potencial intelectual, emocional y físico es uno de los grandes retos de este siglo, al que se enfrentan personas de ámbitos muy diversos. Sin distinciones inventadas, sin categorías infundadas y sin las etiquetas que nos roban del disfrute de la vida antes de la muerte".
La conjunción de lo biológico con la revolución tecnológica augura un potencial insospechado al conocimiento. Reclamar el derecho a expresar de forma integral nuestro asombroso potencial intelectual, emocional y físico es uno de los grandes retos de este siglo, al que se enfrentan personas de ámbitos muy diversos. Sin distinciones inventadas, sin categorías infundadas y sin las etiquetas que nos roban del disfrute de la vida antes de la muerte".
miércoles, 28 de mayo de 2008
¿Hay vida antes de la muerte? (I)
Hace unas semanas leí un delicioso artículo de opinión de Elsa Punset en El País y quiero compartirlo con vosotros. Lo que pasa es que en este blog puede que quede muy largo, así que, para que no os canséis, lo voy a partir en dos.
Que lo disfrutéis.
"Mujer, 43 años, funcionaria, casada, dos hijos, vive en un piso alquilado en Madrid y conduce un coche de gama media’. Con palabras grises como éstas solemos juzgar a las personas que nos rodean. Con poco más. No sabemos si esa mujer ama a su pareja o si se emociona con el canto del ruiseñor en las noches de verano. Menos aún: si es capaz de tocar la soledad que alberga el alma de las personas o si sueña con un refugio invisible en lo alto de una montaña. Las palabras con las que medimos a las personas dibujan un perfil social y económico que las hunden en el anonimato de las estadísticas. Son datos que no cantan, no bailan, no sueñan, no ríen. No dicen, realmente, nada que importe. Entonces, ¿por qué juzgamos y etiquetamos a los vivos en base a datos que podrían describir a los muertos?
La evolución nos ha dotado de un cerebro para sentir y para pensar, un órgano asombroso que crea, ama y sueña. Pero somos imperfectos. Al cerebro humano le lastra el miedo. Programado para sobrevivir, observa desde su caja negra los peligros que le acechan. Y a diferencia de otros animales, escudriña y teme también aquello que posiblemente podría ocurrirle: la muerte de un ser querido o la mirada del jefe que tal vez esté barruntando despedirnos. Atrincherado en su miedo a no sobrevivir, el cerebro nos tiende trampas para aliviar su soledad, para poblar de certezas su universo incierto y cambiante. A golpe de etiquetas dividimos el mundo en bueno o malo, es decir, en seguro e inseguro. Vivimos con la mirada inconsciente fija en el código evolutivo heredado de los muertos: lejos de la manada, acecha la muerte. El desprecio de los otros nos aterra. Intentamos pertenecer al grupo, político, familiar o artístico, amparados al abrigo de las verdades de un ego colectivo que defiende un espacio seguro. Ulteriormente, los humanos tienden naturalmente a la justicia social y a la empatía, pero estas se inhiben si el entorno y el cerebro así lo aconsejan. No somos malos, somos obedientes porque tenemos miedo, aunque esa contradicción entre lo sentido y lo vivido crea más soledad y dolor del que siempre quisimos evitar".
Continuará...
Que lo disfrutéis.
"Mujer, 43 años, funcionaria, casada, dos hijos, vive en un piso alquilado en Madrid y conduce un coche de gama media’. Con palabras grises como éstas solemos juzgar a las personas que nos rodean. Con poco más. No sabemos si esa mujer ama a su pareja o si se emociona con el canto del ruiseñor en las noches de verano. Menos aún: si es capaz de tocar la soledad que alberga el alma de las personas o si sueña con un refugio invisible en lo alto de una montaña. Las palabras con las que medimos a las personas dibujan un perfil social y económico que las hunden en el anonimato de las estadísticas. Son datos que no cantan, no bailan, no sueñan, no ríen. No dicen, realmente, nada que importe. Entonces, ¿por qué juzgamos y etiquetamos a los vivos en base a datos que podrían describir a los muertos?
La evolución nos ha dotado de un cerebro para sentir y para pensar, un órgano asombroso que crea, ama y sueña. Pero somos imperfectos. Al cerebro humano le lastra el miedo. Programado para sobrevivir, observa desde su caja negra los peligros que le acechan. Y a diferencia de otros animales, escudriña y teme también aquello que posiblemente podría ocurrirle: la muerte de un ser querido o la mirada del jefe que tal vez esté barruntando despedirnos. Atrincherado en su miedo a no sobrevivir, el cerebro nos tiende trampas para aliviar su soledad, para poblar de certezas su universo incierto y cambiante. A golpe de etiquetas dividimos el mundo en bueno o malo, es decir, en seguro e inseguro. Vivimos con la mirada inconsciente fija en el código evolutivo heredado de los muertos: lejos de la manada, acecha la muerte. El desprecio de los otros nos aterra. Intentamos pertenecer al grupo, político, familiar o artístico, amparados al abrigo de las verdades de un ego colectivo que defiende un espacio seguro. Ulteriormente, los humanos tienden naturalmente a la justicia social y a la empatía, pero estas se inhiben si el entorno y el cerebro así lo aconsejan. No somos malos, somos obedientes porque tenemos miedo, aunque esa contradicción entre lo sentido y lo vivido crea más soledad y dolor del que siempre quisimos evitar".
Continuará...
lunes, 26 de mayo de 2008
Cosas que no comprendo
Hace un par de meses, me encargaron para una asignatura redactar un reportaje de viajes. Elegí como destino Menorca, aprovechando iba a pasar allí las vacaciones de Semana Santa. Estuve una semana mirando fuentes, paseando, recogiendo opiniones. Memorizando paisajes, trazando mimbres para ese pedazo de reportaje que se estaba cociendo en mi coco.
Llegó la hora de redactar. Otra semana entera manos a la obra. Conté una historia preciosa y, a mi parecer, bastante bien escrita, aunque eso sí, con mucha literatura. El amor por mi tierra fluía a cada palabra. Hubo un par de errores técnicos sin importancia. Lógicamente, me puso muy buena nota.
Pues bien, hace un par de semanas, entregué el segundo reportaje que me encargaron. Esta vez sobre Tarifa. Se me pasó la fecha de entrega y tuve que redactarlo a contrarreloj. Tardé dos horas. Odiaba ese reportaje que me estaba poniendo ansiosa. Si no lo entregaba, algo muy malo podría pasarme. Lo leí tras redactarlo. Me daba vergüenza. Pero menos daba una piedra.
Bien. La diferencia entre una nota y otra, ha sido de medio punto. Ante estas situaciones yo no sé qué pensar. Por una parte pienso en la subjetividad a la hora de poner notas. Por otra, no sé si vale la pena que me mate tanto haciendo según qué cosas.
¿Cómo se valora el esfuerzo?
Llegó la hora de redactar. Otra semana entera manos a la obra. Conté una historia preciosa y, a mi parecer, bastante bien escrita, aunque eso sí, con mucha literatura. El amor por mi tierra fluía a cada palabra. Hubo un par de errores técnicos sin importancia. Lógicamente, me puso muy buena nota.
Pues bien, hace un par de semanas, entregué el segundo reportaje que me encargaron. Esta vez sobre Tarifa. Se me pasó la fecha de entrega y tuve que redactarlo a contrarreloj. Tardé dos horas. Odiaba ese reportaje que me estaba poniendo ansiosa. Si no lo entregaba, algo muy malo podría pasarme. Lo leí tras redactarlo. Me daba vergüenza. Pero menos daba una piedra.
Bien. La diferencia entre una nota y otra, ha sido de medio punto. Ante estas situaciones yo no sé qué pensar. Por una parte pienso en la subjetividad a la hora de poner notas. Por otra, no sé si vale la pena que me mate tanto haciendo según qué cosas.
¿Cómo se valora el esfuerzo?
domingo, 25 de mayo de 2008
Compraventa de valores
Hace algunos días estuve paseando, durante un día precioso, por la calle Sierpes de la ciudad Hispalense. De repente, se nos puso delante un muchacho con la camiseta de Adena. El chico, muy entusiasmado, nos instó a mi acompañante y a mí a que le escucháramos durante unos minutos, en los que trataría de convencernos para que nos asociáramos a tal ONG.
He de decir que no me gusta precisamente que me aborden por la calle para venderme la moto, y mucho menos, que se trate de una ONG. Siempre suelo decir que soy estudiante -un gran eufemismo que viene a decir que no tengo un duro- y normalmente me sonríen y me dejan en paz. Pero como mi acompañante es un ecologista declarado, pues nos paramos a escucharlo.
Al principio, el muchacho parecía simpático, nos habló de los animales, de la naturaleza, nos preguntó qué hacemos para cuidar del planeta.
Pero en un segundo, su discurso comercial se ennegreció al comenzar a criticar a otra organización ecologista. Dijo algo así como 'que la habían quitado de enmedio por haberla cagado'.
'¿Qué ha hecho?', pregunté, sabiendo la respuesta. Pues qué va a hacer: liarla. Abordar a los buques balleneros, organizar manifestaciones en contra de construcciones ilegales... y todo eso con cámaras de televisión. No por gusto, no por autobombo, sinó, en mi opinión, para encender a la opinión pública, otro actor del escenario internacional. Supongo que el pobre no tendrá culpa y nos soltó lo que Adena le dijo que soltara. Me cabreó que criticara a otra Organización No Gubernamental, en teoría una aliada, no una competidora.
¿Eso es cagarla? ¿Esto que es, una ONG, una empresa, o qué es? ¿En serio eres un voluntario? No me lo creo. Desde ese momento le hice la cruz. Ya no le escuchaba medio interesada, incluso divertida, sinó cabreada. Incluso se me escapó una carcajada -muy mal- cuando nos sentenció que 'hacerse socio no es cuestión de dinero, sinó de confianza'.
¿En serio? Necesitáis dinero para seguir funcionando, y gente comprometida con los valores de esa ONG, no confianza, carajo.
En general no me gusta que me vendan la moto. Pero mucho menos si se trata de una ONG. Por suerte, al decirle que no iba a hacerme socia -obvio- nos dejó en paz en seguida.
He de decir que no me gusta precisamente que me aborden por la calle para venderme la moto, y mucho menos, que se trate de una ONG. Siempre suelo decir que soy estudiante -un gran eufemismo que viene a decir que no tengo un duro- y normalmente me sonríen y me dejan en paz. Pero como mi acompañante es un ecologista declarado, pues nos paramos a escucharlo.
Al principio, el muchacho parecía simpático, nos habló de los animales, de la naturaleza, nos preguntó qué hacemos para cuidar del planeta.
Pero en un segundo, su discurso comercial se ennegreció al comenzar a criticar a otra organización ecologista. Dijo algo así como 'que la habían quitado de enmedio por haberla cagado'.
'¿Qué ha hecho?', pregunté, sabiendo la respuesta. Pues qué va a hacer: liarla. Abordar a los buques balleneros, organizar manifestaciones en contra de construcciones ilegales... y todo eso con cámaras de televisión. No por gusto, no por autobombo, sinó, en mi opinión, para encender a la opinión pública, otro actor del escenario internacional. Supongo que el pobre no tendrá culpa y nos soltó lo que Adena le dijo que soltara. Me cabreó que criticara a otra Organización No Gubernamental, en teoría una aliada, no una competidora.
¿Eso es cagarla? ¿Esto que es, una ONG, una empresa, o qué es? ¿En serio eres un voluntario? No me lo creo. Desde ese momento le hice la cruz. Ya no le escuchaba medio interesada, incluso divertida, sinó cabreada. Incluso se me escapó una carcajada -muy mal- cuando nos sentenció que 'hacerse socio no es cuestión de dinero, sinó de confianza'.
¿En serio? Necesitáis dinero para seguir funcionando, y gente comprometida con los valores de esa ONG, no confianza, carajo.
En general no me gusta que me vendan la moto. Pero mucho menos si se trata de una ONG. Por suerte, al decirle que no iba a hacerme socia -obvio- nos dejó en paz en seguida.
viernes, 2 de mayo de 2008
De panderetas y palillos
Hace poco, mi querida amiga Puella Gaditana publicó un post sobre la imagen internacional de España, 'injustamente extrapolada desde Andalucía'. No pude evitar colaborar con una extensa opinión, tras tres años viviendo en Sevilla.No obstante, aunque sí algunos visitantes tengan la impresión de viajar al 'país de las panderetas y las castañuelas', tengo elementos de juicio suficientes para afirmar que son cada vez menos los que viajan con esas expectativas. Tras mis viajes a varios países de Europa, no recuerdo a nadie que me dijera 'Me encanta España', o 'España, olé' y topicazos de esa índole que te empujan a contestar con una silenciosa sonrisa forzada.
Hace cosa de seis años, viajé a Milán para representar a Menorca en una feria internacional de Turismo, 'L'Espagna a Milano'. Dicha feria consistía en mostrar al público milanés, durante un mes más o menos, lo mejor de cada una de las comunidades que participaban. No sé cómo lo harían las demás, pero nosotros, los baleares, mostramos lo mejor de cada una de las cuatro islas. Y ni pizca de flamenco, ni panderetas, ni paella y muchísimo menos, toros. Porque no es nuestro. Sí es verdad que en Menorca se organizan espectáculos de flamenco, en hoteles y locales apartados de los cascos urbanos, pero en plan cutre y para guiris que viajan cual manada, que no salen del hotel y andan todo el día detrás de la rep, normalmente una niña o niño sin la más mínima formación turística, capaz de soltar sin inmutarse que 'el catalán es un dialecto del castellano, pero no se lo digáis, que se enfadan'. Desde luego, lo que me extrañaría de esta gente es que diferenciaran lo que es España de Francia, sinceramente. Pero no se puede luchar contra los elementos.
No me cabe la menor duda de que esta imagen rancia y equivocada de lo que es España viene dada por los grande Touroperadores que no tienen ni el más mínimo interés en utilizar el turismo como vehículo transmisor de cultura, capaz de abrir mentes y corazones, de motivar el vuelo de la imaginación, de empatizar con otros pueblos. Esos mayoristas emisores que anteponen la cuenta de resultados a innovar la calidad, la efectividad de la imagen del producto y, sobre todo, actualizar la realidad de lo que es España hoy en día. Estas agencias no piensan en fragmentar el producto, en especializarse hacia un segmento del mercado. Y luego claro, pasa lo que pasa, vienen a la recepción preguntando en qué isla están, esperando la fiesta de Eivissa y contratando 'excursiones' en el ya cansino glass bottom boat. Plato de paella, vaso de sangría y hala, ya han estado en España, qué bonita España, qué jaleo España.
Por mi parte siempre he puesto, y pondré, mi granito de arena en cuanto a imagen internacional de este país. Y ojo, me encanta el flamenco, pero el flamenco de Andalucía, en un teatro; o en un bar, porque unos espontáneos han agarrado una guitarra y una caja y se han puesto a sonorizar la noche. O ver a un grupo de personas en la Plaza del Altozano bailando y cantando una rumba alrededor de unos recién casados.
sábado, 26 de abril de 2008
Merecido silencio
Ahora, a primera hora de la mañana, del sábado, el ánimo de Sevilla está resacoso después de la bienvenida findesemanera de ayer. Ya no se oyen las carcajadas sonoras y esos chillidos agudos que las preceden en el Bar Currito, justo en frente de la ventana que da a mi habitación. Ni testimonios de mil cristales que estallan en pedazos por la torpeza etílica; y tampoco desfilan burbujas de estruendo que nacen, crecen, se reproducen, y mueren en la oscuridad, haciendo tiritar a la ventana de mi cuarto con cierto ritmo hiphopero.
La llanura hispalense se despierta hastiada, cansada de lunes, martes, miércoles, jueves y San Viernes. Amanece tan serena, indefensa y tierna que parece estar pidiendo una caricia y un ibuprofeno. La ventana, a través de la que ayer entraban bocanadas de aire febril, ahora regala una merecida caricia semihelada.
Sólo escucho el murmullo de algunos pájaros y de cierto coche ocasional.
Todos se fueron a Huelva. Y no es para menos, en esta ciudad hemos pasado de los 13 a los 37 grados sin aviso ni disculpa.
Cierro los ojos y pongo Café del Mar. Estoy en un oasis isleño.
Foto: Ses 4 Bòvedes
sábado, 19 de abril de 2008
Otra óptica
No podía ser mejor. Este fin de semana me quedo sola en el piso. Estaba deseosa de que llegara, a fin de poder adelantar trabajillos para quitarme de encima futuros agobios en época de exámenes.
Este sábado y dominguete supone para mí la culminación de una semana de lo más fructífera. Me he puesto en contacto con un montón de gente para adelantar reportajes, esta tarde voy a ir al cine a ver la última de Isabel Coixet en VO y puedo dormir hasta que me canse. He reducido la asistencia a las clases contadas que me quedan en la facultad. Intento disfrutar de estos últimos coletazos de la vida de estudiante que tantas ganas tengo de que termine.
Sí, porque al fin, he conseguido mirar las cosas desde otro punto de vista. He terminado un libro que me ha revuelto los esquemas, he encontrado una canción desgarradora que me ha arrancado las penas y he tomado conciencia de la verdadera razón de las cosas. Para culminarlo, esta tarde cine, una película preciosa, que parece el cierre de una trilogía que aúna todas las artes. La única espina es que me he quedado huerfanita de lectura... pero ahí estaba mi compañero de la radio para regalarme el libro presentado en la última rueda de prensa que cubrí.
Y sobre todo agradezco a todas esas personas que, en ese momento de visión borrosa de la realidad que fue la semana pasada, me hayan demostrado que siempre están ahí y hecho saber lo valiosa que puedo llegar a ser para ellos.
Gracias por formar parte de mi refugio.
PD. Próximamente... cásting a la segunda ciudad candidata a ser mi hogar después del verano. Y todos seremos miembros del jurado ;)
Este sábado y dominguete supone para mí la culminación de una semana de lo más fructífera. Me he puesto en contacto con un montón de gente para adelantar reportajes, esta tarde voy a ir al cine a ver la última de Isabel Coixet en VO y puedo dormir hasta que me canse. He reducido la asistencia a las clases contadas que me quedan en la facultad. Intento disfrutar de estos últimos coletazos de la vida de estudiante que tantas ganas tengo de que termine.
Y sobre todo agradezco a todas esas personas que, en ese momento de visión borrosa de la realidad que fue la semana pasada, me hayan demostrado que siempre están ahí y hecho saber lo valiosa que puedo llegar a ser para ellos.
Gracias por formar parte de mi refugio.
PD. Próximamente... cásting a la segunda ciudad candidata a ser mi hogar después del verano. Y todos seremos miembros del jurado ;)
domingo, 16 de marzo de 2008
Silencio
Estoy muy contenta de estar en mi isla. El otro día caminaba con mi madre por la calle e iba viendo pasar a gente que me llamaba por mi nombre, diciéndome que me iba a dar un toque por el móvil para contarme cosas; otros para prestarme el coche y hacer prácticas antes del examen -sobre todo aparcando-. He conocido al recién llegado Andreu, de pocos días; he visto la puesta de Sol, pero en violeta, iluminando un extraño arcoiris. También fui al cine, y estaba lleno, así que lo sustituimos por una cena en lo alto de un acantilado, cuyo precioso paisaje se nos presentaba oculto por la ausencia de la Luna. Que no invisible.
Sin duda he ido recogiendo pedacitos e impresiones para continuar el peregrinaje que ya iré desmenuzando más adelante.
Esta mañana he abierto un ojo tras la marea de estudiantes de ayer en el bar y he respirado hondo para ver si podía llenar los pulmones del maravilloso silencio de esta isla.
Sin duda he ido recogiendo pedacitos e impresiones para continuar el peregrinaje que ya iré desmenuzando más adelante.
Esta mañana he abierto un ojo tras la marea de estudiantes de ayer en el bar y he respirado hondo para ver si podía llenar los pulmones del maravilloso silencio de esta isla.
miércoles, 12 de marzo de 2008
Utopía en la colmena
Encendemos la tv. Vemos a Paula Echevarría, actriz, asturiana y guapísima, haciendo declaraciones sobre su futuro retoño.
- Qué guapa es - dice una de las habitantes del piso.
- Qué cruel, la naturaleza - dice otra.
Y, a raíz de esto, las habitantes de este pedacito de colmena manifestamos que:
Para que el mundo fuera mejor, la belleza y la fealdad no tendrían que existir. Todos deberíamos nacer iguales en este sentido. Sin defectos ni virtudes físicas. Echar la red, atrapar a la belleza y a la fealdad y dárselas de comer refritas a algún Titán sin fondo para digerirlas hacia el centro de la Tierra para siempre. A la primera, por soberbia; y a la segunda, por legitimar a la primera.
Si todos naciéramos iguales en este sentido, muchos de los problemas del mundo dejarían de darnos el coñazo.
La sociedad no vacilaría a la mujer, a la que bombardea a diestro y siniestro para frustrarla y competir constantemente con las que tendrían que ser sus aliadas. Sin maquillajes, cremas que disimulan las patas de gallo, celulitis, senos caídos, alopecias, vientres, pellejos; tampoco pendientes y abalorios, la tortura de la depilación, certámenes de belleza, anorexia, vigorexia, peluquerías... ¡la moda! Modelos, pasarelas, los tacones de aguja, minifaldas, medias de rejilla, y escotes brutales dejarían de pulular por el imaginario como si fueran néctares de felicidad.
La mujer no sería exhibida como un animal en la TV y a las demás les daría igual el número de polvos que ha echado con ése y aquél que, por descontado, está cargado de pasta y rebosa poder. Así que, coherentemente, el dinero y el poder no serían 'embellecedores', puesto que la belleza no existiría como tal. El novio de la Obregón no sería 'noticia' porque, como la belleza es un concepto que no conoceríamos, no destacaría por nada más. De hecho, no ha destacado por nada más.
No habría lugar para los regalos de navidad infantiles tales como mini-maquillajes o Barbies Malibú para empicar a las niñas pequeñas.
Tampoco existiría, probablemente, la iglesia anglicana; ni Juana se hubiera vuelto loca, y Afrodita y Venus habrían sido desterradas del Reino de los Dioses.
Si todos fuéramos iguales, el impacto en el mundo sería tal que no alcanzo siquiera a imaginarlo. Pero me gusta fantasear con algunas de las consecuencias y no puedo evitar una cómplice y perversa sonrisa.
- Qué guapa es - dice una de las habitantes del piso.
- Qué cruel, la naturaleza - dice otra.
Y, a raíz de esto, las habitantes de este pedacito de colmena manifestamos que:
Para que el mundo fuera mejor, la belleza y la fealdad no tendrían que existir. Todos deberíamos nacer iguales en este sentido. Sin defectos ni virtudes físicas. Echar la red, atrapar a la belleza y a la fealdad y dárselas de comer refritas a algún Titán sin fondo para digerirlas hacia el centro de la Tierra para siempre. A la primera, por soberbia; y a la segunda, por legitimar a la primera.
Si todos naciéramos iguales en este sentido, muchos de los problemas del mundo dejarían de darnos el coñazo.
La sociedad no vacilaría a la mujer, a la que bombardea a diestro y siniestro para frustrarla y competir constantemente con las que tendrían que ser sus aliadas. Sin maquillajes, cremas que disimulan las patas de gallo, celulitis, senos caídos, alopecias, vientres, pellejos; tampoco pendientes y abalorios, la tortura de la depilación, certámenes de belleza, anorexia, vigorexia, peluquerías... ¡la moda! Modelos, pasarelas, los tacones de aguja, minifaldas, medias de rejilla, y escotes brutales dejarían de pulular por el imaginario como si fueran néctares de felicidad.
La mujer no sería exhibida como un animal en la TV y a las demás les daría igual el número de polvos que ha echado con ése y aquél que, por descontado, está cargado de pasta y rebosa poder. Así que, coherentemente, el dinero y el poder no serían 'embellecedores', puesto que la belleza no existiría como tal. El novio de la Obregón no sería 'noticia' porque, como la belleza es un concepto que no conoceríamos, no destacaría por nada más. De hecho, no ha destacado por nada más.
No habría lugar para los regalos de navidad infantiles tales como mini-maquillajes o Barbies Malibú para empicar a las niñas pequeñas.
Tampoco existiría, probablemente, la iglesia anglicana; ni Juana se hubiera vuelto loca, y Afrodita y Venus habrían sido desterradas del Reino de los Dioses.
Si todos fuéramos iguales, el impacto en el mundo sería tal que no alcanzo siquiera a imaginarlo. Pero me gusta fantasear con algunas de las consecuencias y no puedo evitar una cómplice y perversa sonrisa.
lunes, 10 de marzo de 2008
Larga vida al funcionariado
Quiero compartir en este pedacito de mis cositas y mis andares una circunstancia esperpéntica que sin duda culmina el fin de este San Lunes.
En el ocaso de este estupendo día de la semana, voy a hablar de los funcionarios. De los funcionarios de Tráfico. Lo voy a contar en plan cuento, porque no es para menos.
Érase una vez un expediente de Tráfico, de una mujer con un nombre puramente femenino. Ese expediente viajó de la autoescuela a la delegación de Tráfico de esta ciudad, con una de sus casillas sin completar: la que especificaba el sexo de la aspirante a sacarse el práctico del carné de conducir.
El/la funcionari@ de turno, al ver la casilla, sin completar, y viendo perfectamente mi femenino nombre, optó por echar atrás el expediente y retrasar el examen de la alumna DOS SEMANAS, puesto que en estas fechas de este laico país se celebra la Semana Santa. Sin importarle las circunstancias de esta mujer, ni el dinero gastado en prácticas, ni teniendo en cuenta la PUTADA que le supone retrasar tal examen tanto tiempo.
Yo le deseo de todo corazón a est@ buen/a funcionari@ que le vaya todo estupendamente en su vida, deseándole que no se cruce ante ninguna circunstancia con alguien de su calaña.
Amén.
En el ocaso de este estupendo día de la semana, voy a hablar de los funcionarios. De los funcionarios de Tráfico. Lo voy a contar en plan cuento, porque no es para menos.
Érase una vez un expediente de Tráfico, de una mujer con un nombre puramente femenino. Ese expediente viajó de la autoescuela a la delegación de Tráfico de esta ciudad, con una de sus casillas sin completar: la que especificaba el sexo de la aspirante a sacarse el práctico del carné de conducir.
El/la funcionari@ de turno, al ver la casilla, sin completar, y viendo perfectamente mi femenino nombre, optó por echar atrás el expediente y retrasar el examen de la alumna DOS SEMANAS, puesto que en estas fechas de este laico país se celebra la Semana Santa. Sin importarle las circunstancias de esta mujer, ni el dinero gastado en prácticas, ni teniendo en cuenta la PUTADA que le supone retrasar tal examen tanto tiempo.
Yo le deseo de todo corazón a est@ buen/a funcionari@ que le vaya todo estupendamente en su vida, deseándole que no se cruce ante ninguna circunstancia con alguien de su calaña.
Amén.
Un día largo
Hoy se prevé un día largo. Todo el mundo suele odiar los lunes y yo me incluyo. Pero el de hoy va a ser matador.
Para mí un lunes significa estar 10 horas en la facultad: desde las once de la mañana hasta las nueve de la noche, con un total de 9 horas de clase y una para comer.
Además, esta mañana he tenido mi clase práctica de la autoescuela a las ocho de la mañana. El profesor me ha comentado, por casualidad, que el exámen práctico no va a ser mañana, como tenía previsto, sinó el miércoles, porque Tráfico ha cambiado el día unilateralmente. Y en la autoescuela no me han avisado. No me importaría si no fuera por la irresponsabilidad que eso supone: un día después me voy a mi isla diez días. ¿Y si hubieran cambiado el examen al jueves, qué hubiera ocurrido conmigo?
Además, he dormido poco y muy mal. Me he despertado con los ojos hinchados de haber estado llorando durante largo rato... preferí expulsar la rabia contenida antes de irme a dormir, consecuencia de las decepciones que me voy llevando... aunque la mayoría son mi reponsabilidad por ilusa. No quería dormirme rabiosa y levantarme con el estado de ánimo propio de las víctimas de las pesadillas. Por algo las lágrimas están hechas de agua, pues limpian...
En fin, que el día de hoy va a ser largo. Mucho.
Para mí un lunes significa estar 10 horas en la facultad: desde las once de la mañana hasta las nueve de la noche, con un total de 9 horas de clase y una para comer.
Además, esta mañana he tenido mi clase práctica de la autoescuela a las ocho de la mañana. El profesor me ha comentado, por casualidad, que el exámen práctico no va a ser mañana, como tenía previsto, sinó el miércoles, porque Tráfico ha cambiado el día unilateralmente. Y en la autoescuela no me han avisado. No me importaría si no fuera por la irresponsabilidad que eso supone: un día después me voy a mi isla diez días. ¿Y si hubieran cambiado el examen al jueves, qué hubiera ocurrido conmigo?
Además, he dormido poco y muy mal. Me he despertado con los ojos hinchados de haber estado llorando durante largo rato... preferí expulsar la rabia contenida antes de irme a dormir, consecuencia de las decepciones que me voy llevando... aunque la mayoría son mi reponsabilidad por ilusa. No quería dormirme rabiosa y levantarme con el estado de ánimo propio de las víctimas de las pesadillas. Por algo las lágrimas están hechas de agua, pues limpian...
En fin, que el día de hoy va a ser largo. Mucho.
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