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domingo, 21 de septiembre de 2008

Primera noche

Despertó por la luz que desde temprano entraba por las rejillas de la persiana, que había dejado entreabierta para respirar el aroma de la isla. Recién llegada, todavía descansaba encima del escritorio la otra mitad de la pastilla que tomó ayer para dormir. Porque no, ayer no podía. No. Le faltaba, si no el brazo, la vibración inconfundible de su presencia, a su lado. Que ya no iba a percibir hasta dentro, mínimo, de un mes. La media pastillita de los sueños fue el mejor sustitutivo para entrar en el mundo de Morfeo, quizás imaginando dedos que acarician su pelo; o tratando de emular el ritmo de su respiración, cada vez más profunda.
La claridad, que entraba desde temprano, fue un aterrizaje de emergencia. Había estado volando por ahí. Hablando por teléfono, en una casa semi derruida, propiedad de su amiga, en una triste y gris ciudad condal. Las puertas de madera manida olían a humedad, y los pasos del primer piso parecían romper las astillas de la pobre leña mojada. Cogió el móvil, que sonaba estrepitoso.
Y la claridad ganó la batalla.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Mensaje en una botella, II

En todas las ciudades donde he estado me he encontrado con una botella verde de cristal en la repisa de la ventana del dormitorio. Aparecía siempre por las noches, y guardaba un papelito enrollado, con una goma de pollo para sujetarlo. Me parecía un poco cutre: una botella de vino, descorchada, cuyo tapón todavía guardaba el olor a vino viejo. Muy viejo. Tanto, que nadie se acordaba se su sabor.
Sobre todo me extrañaba su presencia, casi todas las noches. Pensaba en el sujeto que la ponía ahí, en mi cuarto. Sin duda quería que la cogiese y leyese lo que había dentro. Algunas veces lo hacía y me llamaba la atanción que estuviera siempre escrito con el tipo Times New Roman cuerpo 12 a espacio y medio. A veces tenía la sensación de que ese escrito no iba dirigido a mí, así que en sucesivas apariciones, no le hacía caso. La dejaba en la ventana, esperando a que su dueño viniera a recogerla. Pero no dejaba de pensar en la botella. Pensaba en que, seguramente, mi ventana había sido sólo un punto de encuentro.
Otras veces no entendía lo que me estaba diciendo. Aunque comprendía el significado de las palabras, no llegaba a contextualizar la historia. El texto estaba cargado de deícticos y símbolos que no llegaba a relacionar con éxito. Me cansaba, volvía a enrollar el papel dentro de la botella, a sujetarlo con la goma de pollo y a taparla con el viejo corcho. Además, me molestaban algunas de las faltas de ortografía y concordancia -cosas del oficio-. Pero sobre todo me incomodaba no entender la trama.
He intentado buscarla algunas veces, por las mañanas. Otras ni me acordaba, enmimismada con mis rutinas. Todavía no he conseguido encontrar la botella cuando ha salido el sol. Sólo los papeles enrollados que me he quedado me han hecho compañía durante estos años.

¿Serían para mí? ¿O simplemente cosas que pasan?

martes, 1 de abril de 2008

Mensaje en una botella

Esta noche he abierto la ventana de mi cuarto y me he encontrado en la repisa una botella verde de cristal, cerrada con un tapón de corcho y con un papel dentro. Al descorcharla, -por cierto, me ha costado un huevo, el tapón estaba a presión- he desenrollado el folio y me he encontrado un mensaje escrito con Times New Roman 12 a 1,5 espacio el siguiente texto:

'Ojalá pudieras saber el contenido exacto de los efectos beneficiosos del proceso de aprendizaje cada vez que te encuentras un obstáculo. Ojalá, también, fueras capaz de conocer a la perfección tu mente para saber en qué momento del camino te encuentras. Si vas a encontrarte con algunas piedras que, sin duda, van a enseñarte a saltar. Pero, desgraciadamente, eso no va a poder ser. Esa fuerza que lleva a saltarlas no se manifiesta cuando te las encuentras en la mitad del camino. Muchas veces, la emoción más habitual es no saber si vas a ser capaz de saltarlas. Y sólo hay un modo de saberlo. Haciendo algo.
Mides los más y los menos. El margen de error. La velocidad del salto. Los posibles efectos de no ser capaz de saltar. No tener suficiente fuerza, buscar un camino más fácil. A cada pensamiento, a cada duda, las piedras van aumentando, hasta elevarse en un muro. Pero la única salida es saltar esos pedruscos que cortan el camino. Miras entre las ranuras a ver si hay algún bicho. Intentas subirlas. Te flaquean los tobillos y las muñecas. Te raspas las manos. Te caes. Luego intentas escarbar un poco debajo de las piedras para conseguir un hoyo. Nada, la tierra está seca y dura.
Te lamentas, lloras, rabias de ira. No quieres trepar, tienes miedo, no te quieres hacer cortes en las manos, no quieres carte y hacerte daño. Pero estás perdiendo el tiempo. Debes intentarlo. Contener la respiración. Hacer un esfuerzo. Sabes que, si el camino continúa, es posible pasar. Alguien habrá tenido que hacerlo para seguir construyendo el camino. U otro habrá puesto ahí las piedras para fastidiarte. Absorta, te encuentras haciendo unas cábalas de situaciones que ni siquiera sabes. Sólo es imaginación, el disfraz del miedo al dolor y a quedarte sola y aburrida enmedio del camino.
El muro cada vez está más alto... da vértigo sólo mirarlo hacia arriba. Y, de pronto, te acuerdas del cuento del elefante. Imaginas al gran elefante dándose cuenta de la fuerza que tiene. De que lo que lo ata, es sólo una estaca a la tierra. Cuando era bebé, intentó arrancarla del suelo. Una vez, y otra, y otra. Nada. Al final, se resignó. Pero ya te sabes el cuento del elefante. Miras hacia arriba, desafiando al muro, y decides que tus aliados van a ser la fuerza, la paciencia y la lógica. Así que apoyas tus pies en las ranuritas de las piedras, al igual que tus manos. Subes. Vas descansando durante la escalada, sin dejar de soltarse, con la mínima fuerza imprescindible. Vuelves a retomar tu objetivo. Ya no ves un muro vertiginoso, sino una meta. Y te alegras de que cada vez esté más cerca. Incluso, ya puedes escuchar el viento sonorizando las copas de los árboles. Quizás tardes un poco más, pero habrás llegado a la cima.
Y, para la próxima, sabrás escalar un muro en menos tiempo. Y no volverá a crecerse ante tus dudas'.